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Órdenes mendicantes

Así llamadas de mendicare, mendigar; órdenes de religiosos que, cuando se fundaron, se comprometieron por voto a renunciar a todas las posesiones, tanto comunes como individuales. Sin embargo, desde el Concilio de Trento (Sesión 25, cap. 3; Conciliorum oecumenicorum decreta, 753), a la mayoría de las órdenes mendicantes se les permite tener bienes en común; y también ha habido concesiones papales a la pobreza comunal de los conventuales franciscanos. El Derecho Canónico, por supuesto, sigue reconociendo el estatus original y los privilegios de los mendicantes; por ejemplo, aquellas órdenes «que se llaman mendicantes por institución y lo son de hecho» tienen el derecho en la ley de «buscar», es decir, recoger limosnas, en cualquier diócesis en la que posean una casa. Los mendicantes sólo están sujetos a su propio superior religioso (Codex iuris canonici, c. 621.1).

En sus orígenes, el movimiento mendicante surgió de las condiciones religiosas y económicas de finales del siglo XII y principios del XIII. A medida que la economía urbana sustituía gradualmente a la feudal, los nuevos municipios o comunas pronto entraron en conflicto con un clero atrincherado que, a modo de defensa, a menudo recurría a medidas punitivas que, en ocasiones, privaban a pueblos enteros de los sacramentos durante largos períodos. Además, a medida que se desarrollaba una próspera burguesía, las clases más pobres acudían con entusiasmo a quienes, como Juan Valdés y sus Pobres de Lyon (véase waldenses), predicaban que la opulencia clerical era una contradicción del Evangelio. Más o menos al mismo tiempo que los predicadores sin licencia tomaban el camino para proclamar la pobreza, movimientos doctrinalmente más peligrosos, como los de los cataríes y los albigenses, se extendían por el sur de Francia y el norte de Italia. Los diversos legados, cruzadas y misioneros enviados en nombre de la Iglesia para frenar estos movimientos no causaron ninguna impresión duradera; pero pronto apareció una respuesta del mismo tipo en el italiano Francisco de Asís, que unía la pobreza a la obediencia, y en el español Domingo Guzmán, que aliaba el saber y el celo apostólico.

Después del Cuarto Concilio de Letrán (1215) y sus reformas pastorales, los Hermanos (Fratres: de ahí frailes) de Domingo y Francisco florecieron como órdenes de gran influencia, tanto académica como pastoralmente. Les siguieron más tarde los carmelitas (1245) y los agustinos (1256), formando juntos las cuatro órdenes mendicantes aprobadas por el segundo Concilio de Lyon en 1274 (Sesión 23; Conciliorum oecumenicorum decreta, 302-303). A éstas se añadieron los servitas unos 150 años más tarde; mientras que en 1578 Gregorio XIII reconoció a otras órdenes como mendicantes, por ejemplo los mínimos, los jesuitas, los trinitarios y los mercedarios.

Desde sus comienzos, los mendicantes han gozado de una constante popularidad eclesiástica, empañada de vez en cuando por un estallido como el del abad Richard Fitzralph de Armagh hacia 1350, o por la célebre acción en Francia contra los frailes en la segunda mitad del siglo XIII. En 1253, la negativa de los dominicos y de los franciscanos a apoyar una huelga en la Universidad de París fue la ocasión de un enérgico ataque de la Facultad de Teología, dirigida por Guillermo de Saint-Amour. Los frailes fueron hábilmente defendidos por apologistas como Tomás de Aquino y Buenaventura; pero los obispos de Francia iniciaron una campaña más radical después de que Clemente IV renovara en 1267 el privilegio de los frailes de predicar, confesar y aceptar entierros, sin tener que pedir el consentimiento de los diocesanos. Si Guillermo de Saint-Amour consideraba a los frailes como algo que perturbaba la división divina de los ministros de la Iglesia entre seculares y monjes, los obispos, en cambio, consideraban que el papado, al conceder la exención a los mendicantes, estaba reduciendo la jurisdicción de los obispos sobre el cuidado pastoral, si no alterando la estructura esencial de la Iglesia. El problema se resolvió en gran medida en 1300, cuando Bonifacio VIII, en la bula Super cathedram (Corpus iuris canonici clementinae 3.7.2; Friedberg 2.1162-64) limitó el alcance del privilegio de los mendicantes, ordenando, por ejemplo, que se obtuvieran licencias de los diocesanos cuando los frailes quisieran predicar o escuchar confesiones.

Véase también: controversia sobre la pobreza; movimiento de la pobreza

Bibliografía: c. h. lawrence, The Friars: The Impact of the Early Mendicant Movement on Western Society (Nueva York 1994). j. sarnowsky, ed., Mendicants, Military Orders and Regionalism in Medieval Europe (Brookfield 1999). j. rohrkasten, «The Origin and Early Development of the London Mendicant Houses», en The Church in the Medieval Town (Brookfield 1998) 76-99. j. mcintyre, «Aquinas, Gratian, and the Mendicant Controversy», en Proceedings of the Ninth International Congress of Medieval Canon Law (Vatican City 1997) 1101-35. j. raitt, b. mcginn, and j. meyendorf, eds, Christian Spirituality: High Middle Ages and Reformation (Nueva York 1987). c. t. maier, Preaching the Crusades: Mendicant Friars and the Cross in the Thirteenth Century (Cambridge 1994). e. doyle, «A Bibliographical list by William Woodford, OFM: ,» in Franciscan Studies, annual 8 (St. Bonaventure, N.Y.1976) 93-106.

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